Posteado por: Carlos Tito | 14 agosto, 2007

MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN DE OSCAR UNZAGA DE LA VEGA


Don Carlos Romero, digno y prestigioso periodista, conocido dentro y fuera del país por sus conceptos cla­ros y justos sobre los diversos problemas del país, en o­casión de cumplirse un aniversario más de la muerte del líder máximo de F.S.B. Dn. Oscar Unzaga de la Vega, le dedicó este artículo como homenaje a esa figura excelsa que perdió la Patria.

 

MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN DE OSCAR UNZAGA DE LA VEGA

 

Los pueblos son susceptibles de esplendorosa gran­deza y de hondas caídas, porque es el hombre, en defini­tiva instancia, el que forja el perfil de las Naciones, con esencias de diverso grado espiritual, moral o intelectual.

 

La economía o la técnica no construyen la historia por si mismas, por cuanto el poder creador radica única­mente en el ser humano. De ahí la imposibilidad de las fatalidades históricas. Lo que existe innegablemente son "épocas históricas", en las cuales el hombre puede ser "interiormente conmovido y alternado en sus necesida­des morales y relaciones íntimas, en su voluntad de vivir, en los deseos de sus sueños y en sus neurosis", al decir: de Freyre. Por ello las épocas históricas pueden estar unas consteladas de voluntad constructiva, progreso y decoro plenas, otras de opresión, miserias materiales y atraso, en las cuales una sociedad queda atrapada por esos mis­mos sistemas que se autocalifican como "revolucionarios" o que en la nomenclatura política se conocen como me­siánicos. Es entonces cuando las instituciones jurídicas, políticas y sociales pierden toda significación y la liber­tad desaparece, hasta el punto de sugerir su ausencia de­finitiva.

 

Estos regímenes aparecen como mensajeros de la independencia económica, que es paralela a la lucha con­tra el imperialismo y a la exaltación del nacionalismo, y como únicos intérpretes y realizadores de las reformas sociales. Para ello empiezan por no aceptar ninguna for­ma de discrepancia o siquiera de diálogo y pretenden restar a los pueblos su capacidad de discernimiento: lue­go alientan las conductas exitistas, prestas a justificar o exculpar la opresión y, finalmente esparce la inseguri­dad y dan franquía a la violencia de las pasiones. Para incitar el odio, facilitan su tarea contraponiendo intereses de clase, rencores raciales o pugnas re­gionales. Los modos políticos que se inspiran en la democra­cia occidental se encuentran en desventaja porque sus objetivos y su última finalidad, que tienen rigor ético son abrumados por la falacia o por esos complejos psico­lógicos que la mayor parte de las veces, se disimulan ba­jo la apariencia de sugestivos esquemas de interés ma­yoritario.

 

Conviene subrayar que la trama en que se a­sienta el despotismo, además de estar constituida por es­tos elementos desintegradores está dotada de todas las posibilidades de expansión, por aquellos sistemas que a­lientan la libertad y preconizan los derechos esenciales del hombre, los cuales a su vez, carecen de las defensas activas, necesarias para evitar su propia destrucción. Cuando la libertad se desvanece no hay alternati­va para el ser humano, y su vida, individual o colectiva, se degrada, porque la moral privada y pública pierde su vigencia. Por ello no es una simple coincidencia que los hombres de bien asuman, bajo cualquier circunstancia , de tiempo y de espacio, la dura faena de recobrarla, ejer­citando esta misión a veces, más allá de las fronteras de un pueblo que padece la opresión.

 

Quienes luchan por la libertad, para recuperarla o para no perderla, además de ser los grandes combatientes de esta época de para­dojas, parejamente están desembocando en un elevado magisterio. Porque la libertad entraña una militancia y una vocación.

A esta estirpe de hombres capaces de estimular en el alma de los pueblos el sentido de la libertad y de la dignidad, perteneció Oscar Unzaga de la Vega, figura de extraordinaria jerarquía moral, que honra a Bolivia. Su ejemplaridad cívica no es más que una porción de una vida plena de virtud. Por eso su prematura desapa­rición, entraña un infortunio para mi Patria.

Oscar Unzaga de la Vega fue un ser de extremada fragilidad física, sin embargo, asumió la responsabilidad de tomar voz y caución por quienes no aceptaron el liberticida, generado por una entidad proclive a los ma­yores excesos. Esa responsabilidad importaba una; existencia áspera, llena de incomodidades, sacrificios y ries­gos: La resistencia a una tiranía es paralela a una vida en la clandestinidad, a tensiones anímicas, a esfuerzos corporales, a alimentos frugales, cuando los hay. ¿Cómo se puede explicar que Unzaga desafiara un aparato re­presivo, que llevó a Bolivia los métodos más modernos y persuasivos para sofocar cualquier brote opositor? ¿Có­mo pudo integrar una organización de hombres y muje­res, de toda condición social y levantar un pueblo que había sido puesto de rodillas, no sólo por la violencia de la policía política, sino talvez principalmente por la defección de vastos sectores, cuyas complacencias y si­lencios culpables retribuidos, claro está, con inmediatos y abundantes éxitos económicos o burocráticos, hicieron posible la prolongada permanencia del único ente político.

 

Sin la menor concesión a la amistad, u otra forma de sentimiento cordial, puede decirse que Unzaga, en los últimos años de su vida particularmente, constituyó la expresión de las más finas calidades espirituales de Bolivia. Su tremenda voluntad para absorber todas las fa­tigas. inherentes a su azarosa vida de cruzado de la ver­dad, la justicia y la libertad, no debe ni puede entenderse sino como una rotunda afirmación del deseo de un pueblo de vivir dentro de la norma republicana y democrática Cabe decir, dentro de una estructura institucional que asegure el imperio del derecho; que no permita el atro­pello a la justicia; que no ampare el delito que es el latrocinio y el crimen, que garantice a la persona hu­mana, a la cual se vejó, torturó, escarneció y asesinó en campos de concentración, cárceles y siniestros organis­mos, creados ex profeso; que no convierta a la función pública en instrumento de lucro personal; que no dila­pide los recursos nacionales, fundando oligarquías de bu­rócratas y mercaderes que no vendan los recursos natura­les del país, para beneficio de gestores administrativos, abogados adictos y funcionarios interesados.

 

Que no pro­mueva la organización de hordas armadas, bajo rótulos falaces, para destruir la vida y la propiedad de los adversa­rios políticos, que no estimule la delación; que no con­vierta a las entidades fiscales en agencias demagógicas; que no falsifique la voluntad sindical, por medio de pa­ndillas de actuación discrecional y "dirigentes" pagados; que no explote la miseria del campesino con "reformas" inoperantes que no han elevado su nivel de vida; que no simule la adhesión mayoritaria mediante estatutos elec­torales, que imponen resultados comiciales falsos y anti­democráticos; que no atropelle a pueblos ilustres, como el de Santa Cruz con miras a disociar la integridad na­cional; que guarde el decoro del país y no rebaje su so­beranía, obra de los fundadores de Bolivia.

 

En esto consistía su prédica patriótica y en ello ra­dicaba su pasión por lograr una comunidad culta en la cual fuera posible la convivencia civilizada de todos los bolivianos. Esta pasión, refulgía en su mirada afiebrada, intensa, humana. Desinteresado de los bienes materiales, jamás sucumbió a la tentación del poder económico o político. Fue un hombre sensible para entender y tratar de resolver las angustias populares, que nunca las explotó en su beneficio. Unzaga fue un idealista antes que un ideólogo y es posible que ahí radicara el secreto de su in­discutida figura de conductor; logró la adhesión mística de multitudes y sus amistades personales llegaron hasta el renunciamiento mismo de la vida. Pareciera que los pueblos conforman estas cimeras personalidades en esas épocas turbulentas, en esos años trágicos y grises, en los que el sensualismo, la codicia y el insensato afán de lo­grar otros menguados y transitorios éxitos hacen presa de seres elementales, y por ello arrogantes para inspirarse en la conducta de los grandes héroes civiles.

 

Este hombre modesto, próximo a la humildad, esa; humildad auténtica y no orgullosa, de franciscana pobre­za, pleno de rectitud, saturada de sinceridad es, apenas desaparecido, el símbolo de la verdad y la dignidad. Vi­vió su propia vida y murió su “propia muerte”, según el  ideal rilkeano. No fue la suya una muerte común, sino la de un predestinado, que hizo vibrar las más recónditas fibras conciénciales y emocionales de su país y que esta mostrando a América que allá en las andinas serranías, en el altiplano, en los valles y en el llano boliviano no hay más que un pueblo avasallado, doliente y malherido. Si, Oscar Unzaga de la Vega fue un Jefe de Par­tido, un líder político, cuyo prestigio rebasó el ámbito de la Patria, el instante de su muerte se ha convertido para ella en una de las más límpidas estampas de la pu­reza idealista, de la grandeza moral, de la nobleza hu­mana.

 

El vital tributo gravitará en la historia de Bolivia y en la libertad de una Nación.

 

La Paz, Abril 1964.

Anuncios

Responses

  1. Con todo
    respeto señor, le pido que me explique cuando Unzaga de la Vega, hablo de
    dividir el país en autonomías, o si menciono una nación Camba o de medias
    lunas, porque solo condena al MAS y no a estas otras fuerzas, hasta luego.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: