Posteado por: Carlos Tito | 15 octubre, 2007

MEMORIAS ESCARNECIDAS


Fuente: El Deber

Es gravemente injusto escarnecer memorias de personajes anónimos, casi todos ellos de condición muy humilde, que ofrendaron sus vidas y las inmolaron sustentando ideales o cumpliendo deberes inexcusables.

Mas pese a la gravedad de la injusticia, de incurrir en una errónea percepción y calificación de valores humanos, se persiste en el escarnecimiento de no pocos congéneres que, o fueron aniquilados espiritualmente bajo pesados estigmas, o quedaron tendidos de cara al sol y para siempre,  en los campos barridos por la metralla de caudillos y aventureros al servicio de causas que de manera benévola vamos a calificar simplemente como dudosas.

Los recientes homenajes, en que se han involucrado expresamente los más altos representantes del Poder Ejecutivo y que han tenido por objeto magnificar la imagen de invasores armados que cruzaron nuestras fronteras para aquí sustentar e imponer sus causas dudosas a sangre y fuego, matando a nuestra gente humilde virtualmente en casa propia, tienen la amargura del acíbar y del menosprecio para aquellos valientes compatriotas que sobrevivieron al asalto a traición y para los que, estupefactos, seguimos los cauces sinuosos de nuestra historia que no es todo lo edificante que debiera ser.

Tal vez los ignorados combatientes que dieron la cara a los invasores y que murieron en las criminales emboscadas que tendían los guerrilleros en el fragoroso territorio de nuestra patria, cumplían disciplinadamente y con alta moral sus deberes de anónimos conscriptos, hijos casi todos ellos de padres castigados por la pobreza que ni siquiera podían proveer alimento, salud y educación a aquéllos.

De estos compatriotas humildes inmolados al servicio, inequívocamente, de su Bolivia, no se hace, ni por elemental sentimiento de piedad, una buena mención, un recuerdo enaltecedor. Se habla de las privaciones a que se sometían los asaltantes guerrilleros, de que compartían ranchos míseros con sus secuaces, de que no pegaban ojos, de que andaban leguas y más leguas buscando los puntos flacos de los emplazamientos o de las avanzadas bolivianas para echarles granadas o descargar el fuego graneado de sus armas automáticas flamantes y mortíferas a cuales más.

¡No!, de los compatriotas humildes que por uniformes vestían de harapos, que por botas llevaban ojotas, que se alimentaban de mendrugos, no se oye una voz de admiración, una manifestación de reconocimiento y gratitud, un murmullo relevante por lo menos. No lucharon, cayeron heridos o resultaron muertos en las emboscadas los nuestros, por servir a la patria, por cumplir sus deberes, por hacer respetar, frente a los invasores, el solar nativo, el solar amado entrañablemente.

Y este menosprecio de los compatriotas humildes que mueren, realmente, por Bolivia, no sólo se dio en el episodio que motiva este comentario, sino además en tantos otros de nuestra sangrienta historia política en la que invariablemente los laureles se los echan los que se empinan, en tanto de los humildes que vertieron sangre o perdieron la vida, que el diablo se ocupe de ellos, con anatemas encima.

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