Posteado por: Carlos Tito | 12 septiembre, 2009

El plan ‘bolivariano’


Marcelo Ostria Trigo
 
Derrotadas las guerrillas extremistas en América Latina y extinguidos los regímenes totalitarios –menos el de Cuba–, con no pocos esfuerzos emergieron de las urnas gobiernos democráticos. En estas circunstancias, en 2001, los países miembros de la OEA suscribieron una Carta para defender y promover la democracia, la libertad y los derechos humanos.
Mientras tanto, el extremismo, sumido en la nostalgia, ya había esbozado en el Foro de San Pablo una nueva estrategia: el uso de los mecanismos democráticos en sustitución del ‘foquismo’. Chávez, entonces, ya pretendía –no se sabe si aún persiste luego de haber comenzado su declinación– convertirse en el paradigma de la revolución extremista continental, aunque se alió con la reaccionaria ‘eclesiocracia’ iraní.
Lo cierto es que a este caudillo militar le falta sustancia ideológica. Y la busca en el viejo y fracasado modelo castrista cubano, adoptando, simplemente, una cerril actitud antiestadounidense, junto a un desaforado estatismo. Para lograr su ambición mesiánica usa los extraordinarios ingresos del petróleo venezolano, promoviendo y financiando candidatos en diversos países del continente, siempre con su megalómano afán de convertirse en el Bolívar –al que no entiende– del siglo XXI.
La reconocida periodista española Pilar Rahola afirma certeramente que “Chávez utiliza la democracia para destruir la democracia, desmantelando minuciosamente sus instituciones, y tiene un proyecto imperial con sus aliados de Corea del Norte, Libia e Irán. Que este hombre diga que es de izquierda, me molesta. Pero que apele a la libertad, me enfada profundamente”. Y para que no haya dudas sobre la autenticidad de su molestia y enfado, Rahola añade: “He militado en partidos de izquierda y peleo por conceptos de la izquierda, pero no salgo del campo de juego. El campo de juego es el que delimitan la Carta de derechos humanos, la libertad y la democracia”.
El proyecto ‘bolivariano’ en Bolivia se mezcla con un anacrónico indigenismo aimara. Sin embargo, las peculiaridades como ésta no hacen variar los uniformes designios del Foro de San Pablo: la perpetuación en el poder, el dominio total en cada país capturado y, luego, de todo el continente.
No es difícil, entonces, comprender la sincronización de los objetivos de Chávez con los de Evo Morales y, por supuesto, con los de Correa y Ortega. Un propósito común, ya cumplido, es la reforma, a cualquier costa, de la Constitución, adecuando su texto para permitir el continuismo, con sucesivas reelecciones –no les es ajeno el fraude– del líder.
Ciertamente, la ofensiva del masismo boliviano se inspira en la recurrente idea de Chávez de que es posible el uso de la democracia para destruirla. Así se comprende la curiosa exaltación propagandista del oficialismo de los valores de igualdad, de unidad, de respeto a los derechos humanos y, en fin, de todo lo consustancial a la democracia representativa como modelo de libertad, y que, simultáneamente, coarte las libertades ciudadanas. Mario Vargas Llosa, hace ya más de 20 años, en un celebrado artículo advirtió que se debe desconfiar de algunos que hablan de la libertad porque llevan oculto el propósito de conculcarla.
En esta etapa se manifiesta una ingenuidad colectiva. El populismo no sólo procura, como se cree, reelegir a su caudillo, sino imponer una autocracia.
 
* Abogado y diplomático
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